A lo largo del siglo XIX, las proyecciones audiovisuales mediante linterna mágica reflejaban una fértil actividad
industrial dirigida a dos sectores bien definidos: el profesional, que apostaba por productos y servicios dirigidos a
instituciones y espectáculos públicos, y el doméstico, que suministraba al mercado aficionado e infantil. El mercado
doméstico trascendía la mera construcción de aparatos, pues los fabricantes vendían en el interior de cajas
lujosamente decoradas, no sólo la linterna mágica, sino también un cierto número de "viñetas de cristal", es decir, de
colecciones de historietas listas para proyectar.